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Quizá donde Freud examina con mayor rigor el dilema del placer sea en El chiste y su relación con lo inconciente1, en cuyo capítulo cuarto lo relaciona con el juego y el poder. Interesado en indagar las fuentes del placer, distingue dos: la implícita en la técnica y la propia de las tendencias del chiste.
Fácil de colegir, el placer en el chiste tendencioso está en decir de alguien lo que de otro modo no se podría, sea porque lo impiden obstáculos sociales o la represión. Esto le permite a Freud sustentar la tesis de que la ganancia de placer se debe al “ahorro del gasto psíquico” necesitado para mantener bloqueada una tendencia pulsional. Pero resulta que el chiste tendencioso obtiene su cuota de placer, al menos en apariencia, al producir determinado sentido, y no es eso lo que más interesa a Freud, por lo que pasa de inmediato a examinar los que llama “chistes inocentes”, donde la tendencia no se destaca. Desde el vamos afirma que “las técnicas del chiste, como tales, son fuentes de placer”, independientemente de la producción de sentido. Establece tres clases de estos chistes:
El primer tipo de chistes “inocentes” es aquel en que predominan los juegos de palabras, consistentes “en acomodar nuestra postura psíquica al sonido y no al sentido de la palabra”. Varios años antes de que Saussure despejara lo propio del signo lingüístico, Freud distingue significante de significado al sostener que esos juegos se valen de la materialidad acústica, con lo que se ahorra el trabajo de ajuste a los códigos de la lengua. Reiteradamente señala una analogía con estados patológicos en los que el sujeto, prescindiendo del significado de las palabras, sigue asociaciones que llama “externas”, por cuanto las palabras son tratadas como cosas. También el niño –agrega- se entrega lúdicamente al enlace de “unidades fonéticas iguales o semejantes”. Los chistes que proceden con este método se sirven “de un medio de enlace que el pensar serio desestima y evita cuidadosamente”.
En el segundo tipo de chistes “inocentes” se produce la “unificación, homofonía, acepción múltiple, modificación de giros familiares, alusión a citas”. El resultado es un suspenso, una cierta inquietud por lo que se antoja nuevo o desconocido que desemboca en el redescubrimiento de lo consabido. Freud cita generosamente a Groos, quien sostiene: “El redescubrimiento de lo consabido, toda vez que no esté demasiado mecanizado... se asocia con sentimientos placenteros”. Groos entiende a ese sentimiento placentero derivado de una “alegría por el poder”, experimentada por haberse vencido una dificultad. Freud discrepa, considerando que el alegrarse por un poder es secundario, “no veo motivo alguno para apartarse de la concepción más simple –polemiza-, a saber, que el conocer en sí es placentero”. La tesis de Groos está en la línea del pensamiento de Nietzsche, para quien el placer concierne a la voluntad de poder. Como hay aquí un importante cruce entre las dos estimas –de Nietzsche y de Freud- las dejo apuntadas con algunas citas. En el libro tercero de La voluntad de poder2 (Nietzsche) se lee : “Un placer no es otra cosa que un estímulo del sentimiento de poder por parte de un obstáculo (estímulo aún más fuerte si es producido por obstáculos y resistencias rítmicas); de modo que aquel sentimiento se hincha, se pone tenso. En todo placer, por tanto, va comprendido un dolor. Si el placer es muy grande, los dolores serán muy largos y la tensión del arco enorme”. Obviamente, este modo de presentar el placer difiere de cualquier pretensión de estabilidad yoica. Nietzsche se coloca en la perspectiva del placer como exceso, rechazando la idea de que se asocie a la satisfacción3: “La causa del placer no es la satisfacción de la voluntad (me interesa combatir especialmente esta superficial teoría, la absurda moneda falsa psicológica de las cosas cercanas), sino el hecho de que la voluntad quiere avanzar y es siempre nuevamente dueña de lo que se encuentra a su paso. El sentimiento gozoso se encuentra precisamente en la insatisfacción de la voluntad, en el hecho de que la voluntad no vive satisfecha si no tiene enfrente un adversario y una resistencia. El ‘hombre feliz’: ideal del rebaño”4. En tanto Freud, en el capítulo que estamos examinando estima: “Dados los estrechos vínculos entre conocer y recordar, ya no es osado el supuesto de que existe también un placer del recuerdo, o sea, que el acto de recordar está en sí acompañado por un sentimiento placentero de similar origen. Groos no parece adverso a ese supuesto, pero a este placer del recuerdo lo deriva igualmente del ‘sentimiento de poder’, en el que busca –desacertadamente, en mi opinión- la principal razón del goce en casi todos los juegos”. Es conocida la aseveración de Freud acerca de no haber leído a Nietzsche, pero no se privó de leer a Groos, discrepando con aquél por su intermedio.
¿Hay en verdad desacuerdo? Para Nietzsche el placer es un estímulo del sentimiento de poder, por lo que parece inherente al sentimiento de poder, un placer no tranquilo sino doloroso, insatisfactorio. Por su parte, Freud refiere un placer incluido en el conocer y el recordar, y en los Tres ensayos de teoría sexual –escritos en la misma época del libro sobre el chiste-, advierte que el conocer es una forma del apoderamiento. No obstante, Nietzsche es más taxativo; la cita anterior corresponde al parágrafo 651 de La voluntad de poder, en tanto en el parágrafo 695 afirma: “El hombre no anhela el placer ni esquiva el displacer; espero se comprenda el inveterado prejuicio que combato con estas palabras. Placer y displacer son simples consecuencias, simples fenómenos concomitantes; lo que el hombre quiere, lo que quiere la más pequeña parte de cualquier organismo vivo, es un aumento de poder. En el esfuerzo en pos de tal aumento se busca tanto el placer como el displacer; el hombre, a partir de aquella voluntad, busca una resistencia, tiene necesidad de algo que se le oponga... El displacer, como obstáculo a su voluntad de poder, es, pues, un hecho normal, el ingrediente normal de todo hecho orgánico; el hombre no lo evita; por el contrario, tiene constantemente necesidad de displacer; toda victoria, todo sentimiento de gozo, todo acontecimiento supone una resistencia vencida”.
El “inveterado prejuicio” apuntado por Nietzsche es la tesis que Freud intenta llevar adelante con la noción de principio de placer. Lo que está claro en Nietzsche hay que ponderarlo en Freud distinguiendo en sus puntualizaciones acerca del placer los diversos componentes que hace intervenir, que están lejos de ser coherentes entre sí.
Prosigamos: Freud se refiere al placer por el redescubrimiento de lo consabido. Eso consabido nada tiene de adecuación de la palabra a un significado, es algo totalmente diverso, y ésta es la clave; leamos: “La rima, la aliteración, el refrán y otras formas de repetición de sonidos parecidos de las palabras en la poesía aprovechan esa misma fuente de placer, el redescubrimiento de lo consabido”. Se trata de un jugar con los sonidos, de la iteración de letras que encuentran su ritmo y en la insistencia cobran vida esas cosas diminutas encerradas en las palabras que el habla pone en libertad, combinándolas de modo ajeno al significado de las palabras. Acoto que Nietzsche encuentra al placer en un trabajo con las resistencias rítmicas.
Quizá el ejemplo paradigmático de este proceder sea el famoso Fort/Da del nieto de Freud. El niño jugaba produciendo una síncopa entre un continuado o-o-o-o, de vez en cuando concluido en Da; o-o-o-o sería el germen de Fort –“fuera”-, en tanto el Da es el “acatá”, si lo pronunciamos en castellano y a la manera del niño que juega a esconderse y aparecer. Sin pronunciar la palabra Fort, el niño se valía de una aliteración rítmica mientras el carrete, saliendo de su campo visual y luego volviendo, sancionaba el juego como de ausencia/presencia.

Intercalo una breve referencia clínica: César volvía, una y otra vez, a un momento de sus veinte años: quería irse de la casa familiar para intentar una vida por sus propios medios pero el padre, apoyado por la madre argumentaba que con ellos nada le faltaba, podía disponer de su cuarto a voluntad sin que fueran obstáculo. La vida en la casa le permitiría hacer lo que quisiera, desarrollarse en lo suyo sin enfrentar las dificultas de vivir solo. Esto y otras cosas. Luego de varias sesiones de oír la retahíla, casi sin advertirlo dejé salir estas palabras: “Claro, su padre le decía que con ellos la vida sería enriquecedora”. César quedó consternado, hacia el fin del análisis recordaría la intervención. El padre se llamaba Enrique, la madre Dora, el enriquecedora lo ubicaba de un golpe en el sitio de esa ce de juntura y afiatamiento entre ellos: Enrique-Ce-Dora. Ninguna intervención explicativa habría producido esa conmoción, habíamos fatigado muchas palabras aludiendo a la importancia que para él y para ellos tenía el permanecer en la casa familiar como garante de la unión entre padre y madre. No faltaba la significación pero sí el valor inconsciente de la cifra que tocase la médula del asunto.

Entre los chistes inocentes, Freud menciona el clásico Traduttore-Traditore, para decir que el juego homofónico produce la ganancia adicional de una promoción de sentido. Afirmar que en toda traducción se traiciona algo de la lengua original no es lo mismo que el efecto alcanzado mediante la aliteración. Esto es decir que lo que Freud denomina “redescubrimiento de lo consabido” no radica en el poder de convicción del significado de las palabras sino que generado en la aliteración repica como un similar-no similar entre una palabra y otra. Es una ganancia, un poder de la letra que impone su lógica por fuera de la significación, y luego atribuimos a ésta una ganancia de sentido que le excede. Del mismo modo, el nieto de Freud profería su o-o-o-o... Da antes de formar plenamente la palabra Fort. El apoderamiento del par ausencia/presencia se produce por el ritmo de esas letras reiteradas en el juego del carrete que culminaba en el Da; por sobre la presencia –aparición del carrete- permite un saber de lo ausente. No es que en la aparición del carrete, saludado con un Da, haya un triunfo sobre la ausencia cancelada sino que el juego consiste en la aparición de un saber de lo ausente; y en la ausencia la espera de lo que venga, marcado por su extrañamiento.
Como sucedió aquella vez que una madre llevó a su pequeño hijo al primer día de clase. Lo deja con sus nuevos compañeros y pasa a buscarlo a la hora de salida. Mientras caminan de vuelta a la casa, el niño va callado, pensativo. Sin poder aguantar el silencio, deseosa de enterarse de cómo le resultó ese primer día, ella le pregunta: “¿Y qué tal te fue? ¿Cómo lo pasaste? ¿Te gustó la escuela?”. El niño, escuetamente, dice: “Ahora comprendo qué es una madre. Una madre es la que se va”. Se lo dice a ella pero no para reclamarle ¿por qué te fuiste? Se trata de algo más sutil: a la madre le dice su saber: ella no es la que se fue sino la que se va. La que se fue –aquella que estuviera siempre presente- no retorna, sólo vuelve la que se va. En el Da, momento del carrete presente, es posible saber de su ida, el largo o-o-o-o, y a la inversa: el arrojar fuera al carrete es el inicio de una espera de retorno cruzado por la ausencia.
o-o-o-o... Da produce un ritmo de alteridad que arroja un saber de lo perdido y reencontrado, a condición de que se lo entienda como dice Porchia: “Lo que he perdido, lo encuentro a cada paso. Y me recuerda que lo he perdido”. Si hay un placer/poder en el recuerdo, según afirma Freud, se lo encuentra en el rítmico contraste, marca discordante de la presencia/ausencia. El poder es poder sobre la ausencia para volverla presente hasta el nuevo extrañamiento. Que en esa alternancia de dos letras hay una sabiduría en acto que concierne a la creación poética bien lo supo García Lorca, autor de uno de los textos mayores que pueden leerse acerca del ingreso del niño a la cultura5:
“No tenemos más que estudiar sus primeros juegos (del niño), antes de que se turbe de inteligencia, para observar qué belleza planetaria los anima, qué simplicidad perfecta y qué misteriosas relaciones descubren entre cosas y objetos que Minerva no podrá nunca descifrar. Con un botón, un carrete de hilo, una pluma y los cinco dedos de su mano construye el niño un mundo difícil cruzado de resonancias inéditas que cantan y se entrechocan de turbadora manera, con alegría que no ha de ser analizada. Mucho más de lo que pensamos comprende el niño. Está dentro de un mundo poético inaccesible, donde ni la retórica, ni la alcahueta imaginación, ni la fantasía tienen entrada; planicie con los centros nerviosos al aire, de horror y belleza aguda, donde un caballo blanquísimo, mitad de níquel, mitad de humo, cae herido de repente con un enjambre de abejas clavadas de furiosa manera.
“Muy lejos de nosotros, el niño posee íntegra la fe creadora y no tiene aún la semilla de la razón destructora. Es inocente y, por lo tanto, sabio. Comprende, mejor que nosotros, la clave inefable de la sustancia poética”.
Freud tuvo presente la estima de Lorca acerca de esa potencia creadora que circula por fuera de la razón destructora. Avanza en su punto de vista al ocuparse del tercer tipo de chistes “inocentes”. En ellos, la técnica consiste en operar con “falacias, desplazamientos, el contrasentido, la figuración por lo contrario” y otras formas que contrarían lo previsible del pensamiento. Señala que el chiste logra producir placer donde de otro modo despertarían “unos sentimientos displacenteros de defensa frente a todos esos malos rendimientos de la actividad de pensar”. Se trata del placer del disparate, una capacidad de producir sin sentido que en el adulto se oculta bajo un manto de represión. A tal punto que para pesquisarla “nos vemos obligados –agrega Freud- a considerar dos casos en los que todavía es visible y vuelve a serlo: la conducta del niño que aprende y la del adulto en un talante alterado por vía tóxica”. Nueva aproximación a Nietzsche: esta alteración del talante producida por el alcohol es la condición que Nietzsche trabaja como “embriaguez dionisíaca”, aunque es preciso advertir que no todo mamado es creativo ni toda embriaguez equivale a borrachera de alcohol. Estamos menos ante la virtud de una botella con vino que de una categoría, esa embriaguez está entre el modelo y la metáfora.

Me ha interesado destacar la incumbencia de Nietzsche, mudo y polémico inspirador de más de una cuestión debatida por Freud. No es el caso dejar a un lado a otro importante antecesor, no ya de Freud sino del desarrollo que estoy haciendo, me refiero a Lacan. Sin el estudio que sobre el chiste lleva a cabo en el seminario Las formaciones del inconsciente6 destacando la lógica significante, difícilmente podría hacer estas consideraciones; la obra de Lacan no puede ser obviada por psicoanalista alguno, se reconozca o no entre sus seguidores sistemáticos. Sobre este fundamento se instalan algunas diferencias de apreciación, destaco un par de ellas: en la lectura que me es dado hacer, constato que para Freud la raíz del placer está en la producción de sin sentido, en tanto Lacan encuentra otro Freud, cito7: “De hecho, si se examinan las cosas con más cuidado, vemos que Freud llega a repudiar el término de sinsentido”. El interés de Lacan apunta al sentido, al paso del sentido, como luego explicita8: “¿Diremos acaso que (el Otro) autentifica el sinsentido que pueda haber? Insisto también en este caso –no creo que se deba mantener este término de sinsentido, que sólo tiene sentido en la perspectiva de la razón, de la crítica, es decir, lo que se evita precisamente en este circuito. Les propongo la fórmula del paso de sentido- como se dice paso de rosca, paso de cuatro, el Paso de Susa, el Paso de Calais”. En la perspectiva de Lacan -relativa al Otro y la demanda de sentido- es completamente lícito no poner el acento en el sin sentido, pero eso no equivale a que el propio Freud lo haya repudiado. Otra diferencia es cuando Lacan señala9: “Les propondré que, como punto de partida, no recurramos al niño. Sabemos que el niño puede obtener cierto placer con sus juegos verbales, y por eso podemos referirnos en efecto a algo así para dar sentido y peso a una psicogénesis del mecanismo del ingenio, concederle todas las gracias aquella actividad lúdica primitiva y lejana, y quedarnos satisfechos con ello. Pero si se piensa de otra forma, en vez de obedecer a la rutina preestablecida, ésta no es una referencia que deba satisfacernos tanto, pues tampoco es seguro que el placer del ingenio, en el que el niño sólo participa muy de lejos, deba ser explicado exhaustivamente recurriendo a la fantasía”. No comprendo la razón de este rechazo, por cuanto esta línea permite examinar algo de la mayor relevancia, que incluye el paradigmático juego del o-o-o-o/Da. A su vez, no concuerdo en que la clave consista en poner en primer plano la fantasía.
La cuestión no es si Lacan acierta o se equivoca leyendo a Freud. Sucede que de tan acostumbrados que estamos a mentar lo del “retorno a Freud” pasamos por alto que más de una vez toma impulso en alguna noción leída entrelíneas o aisladamente en Freud para desplegar su propia originalidad. Él mismo lo especifica10: “Si procedo a veces destacando una frase, una fórmula aislada de Freud y casi llegaría a decir un elemento gnómico –ese elemento gnómico, soy muy consciente que intento ponerlo en acción para mí. Cuando les doy una fórmula como el deseo del hombre es el deseo del Otro, les doy una fórmula gnómica, aunque Freud no haya buscado darla como tal. Pero lo hizo de tanto en tanto, sin hacerlo adrede”.

Retomo el desarrollo que veníamos siguiendo. Freud plantea: “En la época en que el niño aprende a manejar el léxico de su lengua materna, le depara un manifiesto contento ‘experimentar jugando’ (Groos) con ese material, y entrama las palabras sin atenerse a la condición del sentido, a fin de alcanzar con ellas el efecto placentero del ritmo o de la rima. Ese contento le es prohibido poco a poco, hasta que al fin sólo le restan como permitidas las conexiones provistas de sentido entre las palabras”. De allí el desafío que tenemos los adultos: “Madurez del varón: significa haber reencontrado la seriedad que de niño se tenía al jugar”, afirma Nietzsche11.

Sea que se trate del primero, segundo o tercer grupo de chistes “inocentes”, cabe desprender esta secuencia: puesta en suspenso del sentido / producción del disparate / encuentro de un ritmo, cuya lógica sigue un contrapunto de disonancias –un abismarse a lo inesperado- y consonancias –retorno al tono fundamental por medio de aliteraciones, homofonías, etc.-.
El sentido es prosaico, se mantiene a resguardo de una prosa lavada por el significado que reniega de su razón rítmica. “Opino que no importa el motivo al cual obedeció el niño al empezar con esos juegos; en el ulterior desarrollo se entrega a ellos con la conciencia de que son disparatados y halla contento en ese estímulo de lo prohibido por la razón. Se vale del juego para sustraerse de la presión de la razón crítica”, dice Freud. Esto hace ver que la crítica de la razón proscribe no tanto al sentido que le sea desfavorable como al sin sentido que se expresa como ritmo. Hallamos aquí el fundamento de la repulsa que la apelación al sentido ejerce sobre la producción inconsciente: no es que lo inconsciente albergue sentidos que la cultura rechaza –como el imaginario del incesto- sino que su exceso consiste en el carecer de sentido.
En el tratamiento del chiste y el sin sentido no debiéramos dejar de lado su manifestación más evidente: la risa. Freud la entiende como resultado de la brusca descompresión producida por un gasto de energía que se vuelve innecesario. Quizá la explicación no sea errónea pero puede que sea desacertada; es factible que al reír dejemos descomprimir un sistema de alto nivel de energía contenida, pero esta perspectiva resulta demasiado mecanicista. Aquí puede considerarse el punto de vista de Georges Bataille, quien a propósito de la risa habla del “derecho a la ignorancia”; la risa no sería otra cosa que una manifestación –a veces lindante con la angustia- por la que el sujeto se relaciona con la inmediatez de lo radicalmente ignorado12. Encuentro un importante punto de encuentro entre esta noción, que para Bataille es relativa al no-saber, con lo considerado acerca del sin sentido.
Demos un paso más: si el deseo inconsciente es un arco tendido hacia el placer y la raíz de éste es el sin sentido, el deseo apunta a una iteración de ritmos que gozan de jugar consigo mismos. ¿Es éste el escándalo de lo inconsciente? ¿Por qué no? Lo demás es el recubrimiento que la formación de fantasías teje alrededor de un núcleo que, como el ombligo del sueño, permanece irreducible a la producción de sentido. Podemos examinar lo antedicho con la interpretación que Freud formula en Inhibición, síntoma y angustia de la impotencia sexual13: mediante una sustitución fantaseada del pene por la persona toda, el sujeto tiene la secreta convicción de que introducir el pene en la vagina equivale a un retorno al seno materno; por miedo a la castración se sustrae del acto resguardándose en la impotencia. Esto es decir que al precio de la impotencia mantiene la idea de que el incesto es posible con la mujer que sea. Esa posición neurótica consiste en alimentar la imaginería del incesto –producción de sentido-, sancionada con el síntoma. A la inversa de ello, la potencia consistiría en el atreverse a un acto que liquidando esa presunción –el incesto como algo posible- produzca en el orgasmo el insólito y liberador placer del sin sentido.
Freud no duda que el fundamento de la producción neurótica atesora un sin sentido que aspira a manifestarse en acto, que en la niñez tiene una época de expresión facilitada porque –como diría un adulto tipo- “los chicos no saben lo que dicen”. Sigamos con Freud: “Uno no se atreve a enunciar un disparate; pero la inclinación, característica de los niños varones, al contrasentido en el obrar, a un obrar desacorde con el fin, paréceme un directo retoño del placer por el disparate. En casos patológicos vemos esta inclinación acrecentada hasta el punto de que ha vuelto a dominar los dichos y respuestas del colegial; en algunos alumnos del Gymnasium aquejados de neurosis pude convencerme de que el placer, de eficacia inconciente, por el disparate que producían no contribuía menos a sus operaciones fallidas que su real y efectiva ignorancia”.
No obstante la liberación del sin sentido, en los chistes encontramos la expresión de tendencias: no hay sólo disparate en ellos, también una sorpresiva producción de sentido. Freud es taxativo14: “Su psicogénesis nos ha enseñado que el placer del chiste proviene del juego con palabras o de la liberación de lo sin sentido, y que el sentido del chiste sólo está destinado a proteger ese placer para que la crítica no lo cancele... El chiste, que en su origen estuvo exento de tendencia y empezó como un juego, se relaciona secundariamente con tendencias a las que a la larga no puede sustraérseles nada de lo que es formado en la vida anímica”. Nuevamente caemos en la cuenta de lo ya apuntado: para la razón crítica es preferible enfrentarse con lo que la contraríe pero que se mantenga en el código productor de sentido, porque equivale a encontrarse con algo de la misma familia; en tanto lo ominoso, excesivo, de inadmisible violencia, radica en el deseo de sin sentido efectivizado en la técnica de formación del chiste, lo que es decir trabajo del proceso primario, formación inconsciente.
Esta es una cuestión mayor, ya que en lo relativo al sentido se incluye, solapada o manifiestamente, el valor, sentido mayor de cada sentido -si cabe decirlo de este modo- que es la trascendencia. Al respecto Freud, ateo consumado y por lo tanto nihilista, es contundente. Tomo como referencia una carta a Marie Bonaparte15: “En cuanto un hombre comienza a formularse preguntas sobre el significado y valor de la vida está enfermo, pues objetivamente ni uno ni otro existen. Haciéndose estas preguntas, uno complace meramente las exigencias de sus reservas de libido insatisfechas...”.
De la pregunta por el valor Freud deriva la condición neurótica, la enfermedad. Se entiende –resultará claro más adelante- que hace depender ese “valor” de un sistema religioso, por lo tanto. si como dijera Nietzsche, “Dios ha muerto” el valor cae, se desvaloriza. Si el devaneo por el valor determina la enfermedad, el riesgo es considerar al pesimismo como certero, al estilo de lo que se dice con aquello de que “el pesimista es un optimista informado”. “No se ha comprendido lo que está al alcance de la mano: que el pesimismo no es un problema, sino un síntoma”, diagnostica Nietzsche16. Retenido en la caída del valor mayor, la verdad de la Idea o de Dios, el pesimismo no es otra cosa que “nihilismo pasivo”, resultante de una ilusión caída que se revuelve en las tripas del sujeto. Pero hay, en cambio, un “nihilismo activo”, “signo del creciente poder del espíritu”17. En concordancia con la estima de Freud, leemos en Nietzsche18: “La lógica del pesimismo hasta el último nihilismo; ¿qué es lo que impulsa aquí? Concepto de la falta de valor, de la falta de sentido: hasta qué punto los valores morales están dentro de todos los demás altos valores. Resultado: los juicios morales de valor son condenaciones, negaciones: la moral es la renuncia a la voluntad de existir”. Pasada la imperiosa fase de negatividad el nihilismo activo potencia el curso generador de valores, produciendo la trasvaloración de los ya establecidos.

Si algo debemos reconocer en Freud es su jugado laconismo, el que sin empacho le lleva a afirmar19: “Innumerables veces se ha planteado la pregunta por el fin de la vida humana; todavía no ha hallado una respuesta satisfactoria, y quizá ni siquiera la consienta. Entre quienes la buscaban, muchas han agregado: Si resultara que la vida no tiene fin alguno, perdería su valor. Pero esta amenaza no modifica nada. Parece, más bien, que se tiene derecho a desautorizar la pregunta misma. Su premisa parece ser esa arrogancia humana de que conocemos ya tantísimas manifestaciones”. Y por si quedaran dudas agrega: “Difícilmente se errará si se juzga que la idea misma de un fin de la vida depende por completo del sistema de la religión”. Aquí resuenan unos versos de Pessoa20:

¿Qué idea tengo de las cosas?
¿Qué opinión tengo de las causas y los efectos?
¿Qué es lo que he meditado sobre Dios y el alma
y sobre la creación del Mundo?
No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos
y no pensar. Es correr las cortinas
de mi ventana (pero no tiene cortinas).

“Constitución íntima de las cosas”...
“Sentido íntimo del Universo”...
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
Es increíble que se pueda pensar en cosas de ésas.
Es como pensar en razones y fines
cuando el comienzo de la mañana está rayando, y por todos los lados
de los árboles,
un vago olor lustroso va perdiendo la oscuridad.

Pensar en el sentido íntimo de las cosas
es añadido, como pensar en la salud
o llevar un vaso al agua de las fuentes.
El único sentido íntimo de las cosas
es no tener sentido íntimo ninguno.

Sigamos cruzando la estima de Freud con Nietzsche21: “El nihilismo, como estado psicológico, surgirá primeramente, cuando hayamos buscado un ‘sentido’ a cualquier suceso que no lo tenga, de manera que el que busca acaba perdiendo el ánimo”; habría una “vergüenza de sí mismo, como si uno se hubiera mentido a sí mismo demasiado tiempo... En el fondo, el hombre ha perdido la creencia en su valor, cuando a través de él no actúa un todo infinitamente precioso: es decir, ha concebido un todo semejante para poder creer en su propio valor... ¿Qué es lo que ha sucedido, en suma? Se había alcanzado el sentimiento de la falta de valor cuando se comprendió que ni con el concepto ‘fin’, ni con el concepto ‘unidad’, ni con el concepto ‘verdad’ se podía interpretar el carácter general de la existencia”. Fin, unidad, verdad son conceptos tapahuecos con los que se pretende erradicar la presunción de un vacío. El valor de un hombre ha de ser, por lo tanto, el atrevimiento a la carencia de sentido, condición de la libertad ya que por ese vacío, gracias a él, puede haber tránsito, errancia. Decir Dios o cualquiera de sus formas derivadas es apelar al ente organizador que clausure lo que sólo puede darse como acto creador que opera desde la ausencia. El lacónico Zaratustra lo expresa a propósito de la redención religiosa22: “De huecos se componía el espíritu de esos redentores; mas en cada hueco habían colocado su ilusión, su tapahuecos, al que ellos llamaban Dios”.
Si el sentido es un camino que esperamos despejado ante nosotros y con indicaciones de dónde ir, valen las palabras de Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Esto es entender al sentido como precipitado a-posteriori cuyas huellas se disgregan “como estelas en la mar” pero que alguna ilusión nos incita a imaginarlo consolidado como promesa de futuro.

Vuelvo sobre el nudo de este desarrollo y pregunto: ¿El placer consiste acaso en la liberación del sin sentido o hemos de buscarlo en la irrupción de un nuevo sentido? Ni uno ni otro como opción, el enigma del placer concierne al contrapunto de ambas alternativas. Al estilo del o-o-o-o..... Da, esa dupla donde el sabor de la ausencia precipita el anhelo por lo que aparezca y el retorno de una presencia trae la marca de lo ausente, también puede entenderse el difícil momento del placer con relación a la polaridad. Es la gozosa o angustiada presunción del sentido en desvanecimiento y su inestable retorno lo que despeña un transgresivo ritmo de placer. Negar o afirmar un extremo de la polaridad es menos tremendo que una vislumbre del desvanecimiento y retorno de lo precario que no se deja apresar, ni en el puro sin sentido –carente de existencia- ni en la tiranía del sentido que mata el deseo. Me inspiran estas palabras otras de Borges a propósito de un episodio de la Divina Comedia23: “En el tiempo real, en la historia, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina y pierde las otras; no así en el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la esperanza y el olvido... esa ondulante imprecisión, esa incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho”.
“Ondulante imprecisión”, inmejorable metáfora del ritmo de la vida.

1: Tomo VIII de las Obras completas. Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
2: Edaf, Madrid, 2008. Parágrafo 651.
3: Parágrafo 689.
4: Vale acotar aquí que la noción de satisfacción que Nietzsche combate no concierne a la satisfacción pulsional, según es trabajada por Freud, ya que ésta suele presentarse como displacentera o directamente angustiosa, ominosa.
5: Las nanas infantiles, en Federico García Lorca: Obras completas. Aguilar, Madrid, 1955.
6: Paidós, Buenos Aires, 1999.
7: Ibíd. p. 90.
8: Ibíd. p. 103. El destacado es de Lacan.
9: Ibíd. p. 90.
10: La ética del psicoanálisis, p. 159. Paidós, Buenos Aires, 1988. La cursiva es de Lacan.
11: Más allá del bien y del mal, 94. Alianza, Madrid, 1983.
12: Este tema tiene un desarrollo algo más extenso en “El hombre, animal erótico”.
13: Tomo XX de las Obras completas. Capítulo VIII, p. 131. Ibíd. 1979.
14: La cursiva es de Freud.
15: Carta del 13 de agosto de 1937, en Sigmund Freud: Epistolario. Biblioteca Nueva, Madrid, 1963.
16: La voluntad de poder, 38. Edaf, Madrid, 2008.
17: 22. Ibíd.
18: 11. Ibíd. Las cursivas son de Nietzsche.
19: El malestar en la cultura, cap. II. Tomo XXI de las Obras completas. Amorrotu, Buenos Aires, 1979.
20: Firmado con el heterónimo Alberto Caeiro: “De: El guardador de rebaños, V” (fragmento). En Pessoa. Poesía completa. Libros Río Nuevo, Barcelona, 1983.
21: 12. Ibíd. Las cursivas son de Nietzsche.
22: “De los sacerdotes”, en Así habló Zaratustra. Alianza, Madrid, 1983. La cursiva es de Nietzsche.
23: “El falso problema de Ugolino”, en Nueve ensayos dantescos. Selecciones Austral de Espasa-Calpe, Madrid, 1982.